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Periódicos y salud democrática
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La académica Carmen Iglesias recordaba recientemente una sabia reflexión del Barón de Montesquieu para conmemorar el Día de la Mujer Trabajadora, según la cual el grado de salud de la res publica debería medirse por el de libertad que en ella hubiesen conseguido las mujeres.
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Algo similar cabría afirmar respecto al vigor de la democracia tomando en consideración la vitalidad de los medios de comunicación que en ella encuentran acomodo. Determinados acontecimientos de la historia, aparentemente de tono menor, acaban convirtiéndose en categorías o auténticos iconos suficientes por ellos mismos para arrojar luz sobre el conjunto de la etapa en que tuvieron lugar. Así, siguiendo los ímprobos esfuerzos que Amparo, la adolescente cigarrera que Emilia Pardo Bazán convirtió en protagonista de su novela La Tribuna, realiza para leer a sus compañeras analfabetas la prensa del momento, podemos comprobar hasta qué punto las hojas impresas fueron útiles ya en la España del siglo XIX para ir forjando un imaginario colectivo capaz de sortear las penalidades con que castigaba la vida a las capas de la población más menesterosas.
Del mismo modo, durante el primer tercio del siglo XX, tanto el creciente interés de los intelectuales por abrir espacios a una nueva política (ideal que rigió la dedicación periodística de José Ortega y Gasset y Manuel Azaña, entre otros insignes) como la eclosión de creatividad de la década de los treinta, tuvieron fiel reflejo en la multiplicación de medios escritos cuyo máximo apogeo coincidió con los años de la II República.
Por contraposición con lo anterior es difícil soslayar lo que para la profundización en el tono sombrío de la última etapa, crepuscular del franquismo significó primero el cierre y posteriormente la voladura del edificio completo del diario Madrid, axiomática constatación de las infinitas limitaciones de la Ley de Prensa de 1966, en represalia por las críticas que sus redactores se permitían poner diariamente en circulación. Las imágenes de la destrucción física de las rotativas del periódico se convirtieron en un incomparable icono político, como pocos otros, en este caso de los estertores de la dictadura.
Aun siendo fundamentales las instituciones, porque ellas dan forma a los regímenes democráticos, la práctica de su esencia debe desbordar por su propia salud la importancia de aquéllas, ya que tal práctica se refiere sobre todo a las maneras de relacionarnos al vivir en comunidad: de su vitalidad, en suma, se desprende la de la llamada sociedad civil. La contraposición de opiniones, el debate público, en definitiva, el ejercicio de la ciudadanía –que la vigorizan a diario– deben encontrar privilegiado cauce de expresión en los medios escritos, si éstos quieren acreditar su razón de ser: ¡saludemos, por tanto, la aparición de uno nuevo para el que deseamos la más fértil longevidad!
ÁNGEL M. VARAS
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