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Semblanza de Fray Garcí Fernández Barroso, cuarto señor de Parla
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JOSÉ ANTONIO MATEOS CARRETERO
Cronista oficial de la villa de Parla
En 1338, el rey Alfonso XI expide desde Trujillo un privilegio por el que cede la aldea de Parla, en tierra de la villa de Madrid, a don Pedro Barroso (o Gómez Barroso) en señorío.
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Nuestra localidad, que hasta ese momento era tierra de realengo —de la jurisdicción del monarca—, pasa a ser villa de señorío, es decir tierra en que la jurisdicción sobre determinados aspectos económicos y políticos los cede el rey al señor. Será don Pedro, por tanto, el primer señor jurisdiccional del municipio. En el documento, el rey le autoriza el cobro de ciertos tributos, la administración de justicia —si bien el último grado de apelación se lo reserva— y el nombramiento, confirmación y destitución de las autoridades municipales. El señor, con el poder cedido por la corona, se encargará de impulsar la actividad económica, social y política de los vecinos y moradores en una relación de vasallaje. Lógicamente, y dado que la aldea concedida era de la tierra de la villa de Madrid, esa donación provocará protestas de su concejo al ver mermado su territorio, y sobre todo la percepción de ciertos esquilmos, o sea, de ciertos frutos y provechos de tierras y ganados. Las protestas continuarán durante los siglos posteriores.
A la muerte del cardenal don Pedro, acontecida en Aviñón el 14 de julio de1348 probablemente a consecuencia de la terrible peste que se introdujo en Europa ese año, le sucede en el señorío, tal y como él había dispuesto en un documento firmado en Villanueva de Aviñón el 26 de enero de 1342, su hermano Garcí Fernández Barroso, homónimo del personaje que estudiamos. Será el segundo señor de Parla. Tras la muerte de éste, en 1351 le sucede su hijo Fernán Gómez Barroso, correspondiéndole la línea del señorío a nuestro fraile agustino, futuro cuarto señor parleño. Se da la coincidencia, que ha llevado a muchos errores, que tanto el segundo como el cuarto señor de Parla se llaman igual y los dos fueron hermanos de dos cardenales de la curia de Aviñón, ambos llamados Pedro Gómez Barroso.
Don Garcí Fernández Barroso, hijo de Fernán Pérez Barroso y de doña Mayor Pérez de Acebedo fue el cuarto señor de Parla, siéndole confirmado el privilegio de merced y mayorazgo por el rey Juan I en 1381. Debió nacer, según los testimonios que nos han llegado, entre 1325 y 1330, dado que muere entre 1435 y 1440 a los ciento diez años. Hay una noticia de 1435 que da cuenta de la construcción de un altar en el claustro del convento de San Esteban por su mandato, y aunque se podría pensar que fuese el cumplimiento de una manda testamentaria, ya que su testamento es de 1430, y lo hizo antes de entrar en religión, el padre Román de la Higuera dice al hablar de él y del altar antedicho: “tuvo este bienaventurado Padre gran ternura, y devoción por esta Imagen, a donde hazía à la continua sus oraciones”, lo que implica que vivió después de la construcción del altar y, por tanto, después de 1435.
Casó dos veces, la primera con doña Elvira de Córdoba, hija de don Gutier Fernández de Córdoba y de doña Mayor de Toledo, con la que tuvo dos hijas, doña Mencía y doña Inés. Su hija doña Inés García Barroso se enlazará matrimonialmente con el señor de Ajofrín con quien tendrá a Juan Alfonso, que murió muy joven en 1388. Tanto la madre, como el hijo están enterrados en el convento de Santo Domingo el Antiguo de Toledo. El segundo matrimonio, a instancias de su hermano el cardenal Pedro Gómez Barroso, fue con doña Guiomar de Aguilar, natural de Navarra, hija de Alfonso Núñez de Aguilar y de doña María Sánchez de Velasco. Este dato nos llevaría para este segundo matrimonio a una fecha anterior a 1474, año de la muerte en Aviñón de su hermano el cardenal. De este enlace dijo don Pedro Lopez de Ayala en su Nobiliario, hablando de la Casa de Aguilar, estas palabras: “Casò D. Garcia Fernández Barroso con doña Guiomar de Aguilar, la qual dezian venir derechamente del linaje de los Emperadores, y era natural de Navarra. Y este casamiento hizo el Cardenal Barroso, el qual por mas ennoblecer su linaje, busco la mas fijadalgo muger, que pudo, para casar aquel su hermano don Garci Fernández, y hallò aquella”.
Tuvo de este matrimonio a don Pedro Gómez Barroso, que le sucedió en el mayorazgo de Parla, y a don Hernán Gómez Barroso de Aguilar. Tras la muerte de su segunda esposa cedió a sus hijos sus bienes, dejándoles bien dotados, y se retiró al convento de San Esteban de Toledo, de la orden de San Agustín, donde “vivio, y murio santamente por los años 1430 poco mas, ó menos”. De él dice Jerónimo Román de la Higuera: “Fue varon de gran santidad, y exemplo. Tienenle en este Convento por santo, y así le llaman el bienaventurado Fr. Garcia Barroso”. Don Julio Porres Martín-Cleto, en su magnífica obra Historia de las calles de Toledo, al citar la Travesía de Gracia, nos habla de ese convento, del que dice: “en 1435 por disposición de cierto fraile llamado don García Barroso el cuál mandó pintar al fresco en un muro de una esquina del claustro del convento de Agustinos de Toledo, una composición de Nuestra Señora con el niño abrazado a su cuello, San Agustín ofreciéndole un corazón en la mano, y el propio fray García Barroso adorando a las tres figuras”. Lo que no nos cuenta es que ese fraile agustino había sido el cuarto señor de Parla y Calabazas. La imagen y el altar, muy venerados por los toledanos, desaparecieron con el convento tras la exclaustración derivada de los procesos dasamortizadores del siglo XIX, perdiéndose una iconografía muy interesante para este estudio.
Hizo testamento un día antes de tomar el hábito, en torno al 18 de marzo de 1430, deshaciéndose de todos sus bienes y repartiéndolos entre los pobres, dejando por heredero a Cristo. Dio otras limosnas al convento de San Agustín y legó las propiedades que tenía en Argés, Caudilla y Noves y muchos vasallos y hacienda. Esa fecha es posiblemente la de dejación del señorío en su hijo Pedro Gómez Barroso, uno de los primeros regidores de Toledo por ser persona de la consideración del rey Juan II. Fue enterrado en el convento de San Esteban “con los demás religiosos”, como prueba de humildad y para no ser distinguido de ninguna manera.
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